Las reglas de caballerosidad han sufrido una gran transformación en un contexto en que las mujeres hace tiempo que no dejan de ganarles terreno a los hombres. Hoy en día no es descabellado concebir que un señor no se decida a cederle el asiento en el colectivo a una mujer por temor a herir su susceptibilidad y hacerla sentir vieja, ¿no había una publicidad en la que una adolescente le preguntaba la hora a un muchacho llamándolo "señor" y a éste por poco se le transfiguraba la cara? Eso deja ver una falta de cortesía, que podría ser una burda excusa para justificar la propia comodidad, así como un comportamiento que treinta años atrás era impensable.
Pero más allá de cómo el hombre no deja de sentirse descolocado (y reacciona en consecuencia) ante una situación en la que es cada vez más inconcebible y anacrónico mandar a la mujer a lavar los platos, para Daniel Sabatella, psicoanalista y profesor de ceremonial y protocolo en la Universidad Católica, la situación actual no puede atribuirse solamente a la defección masculina.
"La mujer podrá ser igual o mejor que el hombre, pero no debe olvidar lo que es ser una dama. Ella puede ser superior en lo laboral o en lo intelectual, pero no debería colaborar para que los hombres sigan dejando de lado la caballerosidad y las reglas de cortesía. Que una mujer entre a un restaurante por iniciativa propia, sin esperar que el hombre le abra la puerta, es un ejemplo de ello. Y hay ciertas costumbres que, por mucho que la mujer haya evolucionado socialmente, debe hacer que se respeten. Hacerlo no va en desmedro de su lugar en la sociedad. Por el contrario. Me hago cargo cuando digo que es la mujer la que ha dado lugar a que la caballerosidad y la cortesía masculina fueran desapareciendo", dice.
Y agrega: "Algo que debe quedar en claro es que el respeto no es anticuado. La etiqueta, el ceremonial, el protocolo no son anticuados en sí mismos: se relacionan junto con los cambios que se dan en las sociedades. Después de todo, ¿es anticuado ayudar a que una mujer se saque el tapado o correrle la silla en un restaurante? Decimos que esas son costumbres anticuadas porque se fueron perdiendo, pero no tiene tanto que ver con las modas sino con un relajamiento de las costumbres que se han ido generalizando".
Para Víctor Ego Ducrot, periodista y autor de varios libros (Los sabores de la patria y Los sabores del tango, entre otros) que mezclan la gastronomía con la historia de las costumbres, no es conveniente confundir cortesía con galantería. Esta última está más vinculada a la idea de juego de seducción que a las buenas maneras. "Considerar que la cortesía es una cuestión de trato de los varones para con las mujeres implicaría dos serias descortesías", sostiene Ego Ducrot. "Por un lado, una expresión de machismo, y por el otro, de mala educación más allá de los géneros. ¿O acaso no se vive mejor si somos corteses entre todos, seamos hombres o mujeres?"
Desde su especialidad, el mundo culinario, Ego Ducrot no duda en desaconsejar "seguir la modas y concurrir a lugares que son galerías exhibicionistas". Y señala lo típico que es que el argentino confunda la buena mesa con pagar caro. "Son muchos los modos en que la gente suele meter la pata en lo que se refiere a los buenos modales en la mesa. Pero para mí hay un gesto que se lleva todos los laureles, por lo ridículo: cuando los tipos bambolean la copa de vino, acercan al borde sus narices de resfriados, ponen ojitos de trance y dicen: 'Mmmm, sabe a madera, a frutos del bosque…' (y vaya a saber a cuántas cosas más), y le hacen al mozo un gesto de entendidos. Por supuesto, los mozos se ríen por dentro. En este país, los que se creen dueños de las buenas maneras suelen ser personas de una vulgaridad impune".

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